
Durante la Revolución Francesa no existió ninguna frase alegórica que incluyera la palabra “restitución”. Sucede que los Girondinos, mayoría en la Asamblea Legislativa en 1791, creían que la Constitución salida de la Asamblea Constituyente había dejado inconclusa a la Revolución Francesa porque no había derrocado a la monarquía ni reducido sus ya menguadas prerrogativas, Pero, para entonces, la mayoría de los franceses, campesinos y burgueses, estaban ya cansados de la revolución porque habían alcanzado cuanto pretendían y lo que en realidad deseaban era disfrutar de las ventajas adquiridas, algo totalmente comprensible: unos eran dueños de la tierra y los otros podían comerciar libremente y elevar su caudal monetario, sin casi ninguna interferencia de la nobleza y del Rey.
Según los girondinos, para reavivar el ardor revolucionario se hacía necesario provocar una gran conmoción que, poniendo en peligro esas ventajas, obligara a sus beneficiarios a defenderlas contra las amenazas del exterior o el interior. Y, a juicio de los girondinos, ninguna circunstancia podía favorecer más tal reacción defensiva que el estallido de una guerra.
En esa época, Jacques-Pierre Brissot de Warville, la cabeza de los girondinos y de la Asamblea Legislativa, clamaba: “Necesitamos la guerra para afianzar la libertad; necesitamos la guerra para purificarla de los vicios del despotismo (...) en tiempos de guerra caben tomar medidas que en tiempos de paz podrían parecer demasiado severas”.
A los propósitos bélicos de la Gironda, le vino de perillas el llamado Manifiesto de los Emigrados. Frente a la “cruzada contrarrevolucionaria” propuesta por aquéllos, predicaron Brissot y sus correligionarios una “cruzada universal para liberar a los pueblos del yugo de los reyes”; comenzando por exigir severas medidas contra los enemigos exteriores e interiores del nuevo régimen francés.
Arrastrada por ellos, la mayoría de la Asamblea decretó el 9 de noviembre de 1791 que todos los emigrados que no hubieran regresado al país antes del comienzo del año siguiente, serían declarados sospechosos de conspiración y podrían ser condenados a la pena de muerte y confiscación de sus bienes. Y unos días más tarde, el 29 de noviembre, otro decreto amenazaba a los sacerdotes que no hubieran prestado el juramento cívico en igual fecha, con la supresión de sus pensiones, la prisión y la deportación.
Como era de esperar, tales medidas fueron vetadas por el Rey, dando así pretexto a los girondinos para tacharle de traidor a la causa nacional. “Necesitamos grandes traiciones – decía Brissot – porque existen todavía fuertes dosis de veneno en el seno de Francia, y se requieren violentas convulsiones para expulsarlas”. Y a tal fin, seguía insistiendo en las ventajas que ofrecería una guerra; considerando, incluso, como una desgracia para el país que no llegara a estallar.
Por fin, cediendo a las presiones, Luís XVI se decidió a dirigir un ultimátum a los príncipes electores de Tréveris y de Maguncia, donde se concentraban la mayoría de los emigrados, en el que exigía que disolvieran en el plazo de un mes las concentraciones de emigrados establecidas en sus respectivos territorios y amenazándoles, en caso contrario, con recurrir a las armas. Pero el emperador Leopoldo II, resuelto a mantener la paz a toda costa, aconsejó a los príncipes que atendieran las demandas del rey de Francia, al tiempo que declaraba su intención de defender los dominios de aquéllos, en el caso de que, a pesar de todo, fueran atacados.
Sin embargo, los revolucionarios estaban decididos a provocar la guerra con cualquier pretexto. ¿Suena familiar, verdad? Asi, a la Asamblea Legislativa no le bastó la aceptación del ultimátum y pidió al Rey que preguntara al Emperador “si renunciaba a todo tratado y convenio atentatorio a la soberanía y seguridad de la Nación”, es decir, si desautorizaba la declaración de Pillnitz hecha por Leopoldo II y Federico Guillermo de Prusia (en la que se declaraba el interés europeo por la restitución del orden monárquico en Francia) y en caso de no recibirse una respuesta satisfactoria en el plazo de un mes, Francia se consideraría en estado de guerra con el Imperio. Tampoco esta vez se prestó el prudente Leopoldo II al juego belicista de la Asamblea francesa, dominada por los girondinos y antes del plazo dio una respuesta conciliatoria; pero como medida preventiva concertó una alianza defensiva con Prusia.
Por desgracia, el emperador Leopoldo II falleció inesperadamente, sucediéndole su hijo Francisco II, no tan prudente como su padre. Después de presiones que provocaron un cambio de gobierno favorable a los propósitos de la Gironda el Rey fue obligado a enviar un nuevo y definitivo ultimátum a Austria, pero el nuevo Emperador respondió exigiendo la restitución a los príncipes del Imperio de sus tierras de Alsacia, con la reposición de todos sus derechos feudales y la restitución de la monarquía francesa con todos sus derechos y prerrogativas. De manera que si tomamos a pies juntillas lo dicho por Manuel Zelaya, está exigiendo para sí, lo mismo que exigió en su ultimátum el Emperador Francisco II para sus nobles y para Luis XVI. Restitución de las tierras a los Príncipes y restitución del Rey como monarca absoluto de Francia.
Ya sabemos que estos populistas iluminados con pretensiones mesiánicas, sienten una particular predilección por compararse con personajes que han tenido una participación directa en el curso de la historia y sus giros y como ellos están convencidos de sus destinos divinos de mantenerse en sus poltronas de gobierno con poderes absolutos. Lo único que esta vez no es un Emperador, sino varios los que exigen la restauración de Zelaya en el trono y unos lo hacen a nombre del Socialismo del Siglo XXI y otros identifican el regreso del violador de la Constitución hondureña y del orden democrático con la supuesta devolución a Honduras del orden democrático y constitucional, como hacen el lamentable Oscar Arias y nuestra flamante Secretaria de Estado, hablando a nombre de Barack I, que fue quien cocinó todo este bochinche grosero del regreso de Zelaya en complicidad con los Lula, los Chávez, los Arias, los Insulza y demás pájaros de cuenta.
Parecería que ya no queda vergüenza en este mundo.
Diego Rodriguez-Arche
Nueva York, 22 de septiembre de 2009
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